Los vínculos cada vez más fuertes entre los actores de las vías fluviales y los puertos marítimos fuerzan a los primeros a revisar sus estrategias.

Tienen que enfrentar varios desafíos: preservar las inversiones frente a la capacidad de reacción del transporte carretero, y ello a pesar de la disminución de la financiación; lograr una mayor integración en los esquemas logísticos globales; mejorar las articulaciones con los demás modos de transporte; y, por último, unirse a proyectos locales destinados a consolidar las conexiones fluviales dentro de las zonas urbanas, compartiendo el uso de las riberas que son, ahora más que nunca, espacios codiciados.

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